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Beneficiencia y redes sociales, las claves de la vigencia de las monarquías europeas

Isabel II tuvo un reinado extenso junto a su esposo Felipe. El 8 de septiembre terminó uno de los reinados más longevos de la historia de la humanidad: el de Isabel II, que sostuvo la corona inglesa durante 70 años y trabajó hasta dos días entes de su fallecimiento. Su masivo funeral de Estado, al que asistieron millones de personas, la conmoción mundial que generó su muerte y las manifestaciones contra la realeza que surgieron inmediatamente después en Irlanda, Escocia y países del Caribe, abrieron múltiples preguntas sobre el rol de la Commonwealth y los royals. ¿Cuál es la legitimidad de las familias reales en el Siglo XXI? ¿Por qué existen? ¿Qué las mantiene en el poder? ¿A quiénes representan sus miembros, que pivotean entre el mundo de las celebrities, los discursos en la ONU y las más rígidas normas protocolares? ¿Por qué generan tanta fascinación? Ante los ojos de los países que supieron ser colonia, la existencia de familias reales suena a una tradición con naftalina, un resabio de un pasado imperialista que hoy se traduce en prácticas coloniales vinculadas con políticas extractivistas en enclaves en el Sur Global. O en gestos claros y simbólicos, como que el Museo Británico se resista a entregar la Piedra Rosetta a Egipto o que los Windsor no quieran devolver el diamante Koh-i-noor, de origen indio, que es parte de las joyas reales. El caso es que Suecia, España, Reino Unido, Holanda, Dinamarca, Noruega, Bélgica, el principado de Mónaco y Luxemburgo en el continente europeo tienen una testa coronada en sus gobiernos y algunas realezas como la griega se emparentaron con los monarcas de otros países como España y el Reino Unido o se han convertido en influencers y celebrities con fama mundial, como la princesa Olimpia.  Lo que todas las coronas tienen en común (además de muchos parientes en sus árboles genealógicos) es que representan un pasado mítico fundacional. Por ejemplo, la familia real inglesa “supuestamente” es descendiente de Guillermo El Conquistador. En ese sentido, cristalizan una identidad nacional compartida que, de alguna forma, amalgama ciertas fracturas posibles entre regiones con identidades diversas, que en siglos pasados supieron (o lucharon por) ser reinos independientes. Es decir: a pesar de los vaivenes políticos y las tensiones sociales, ellos simbolizan una idea de unión nacional perenne. A su vez, como ocurre en Inglaterra, también son la cabeza de la iglesia, lo que les confiere una autoridad religiosa.Los royals, actualmente, perdieron todo su poder político y son más bien figuras protocolares: su actitud neutral los hace trascender en el tiempo como estampitas inmutables. Sin embargo, ninguna neutralidad es, realmente, neutral. Su forma de acercarse a sus “súbditos” es, generalmente, patrocinando instituciones de caridad de causas que nadie cuestionaría, como la protección de los niños refugiados, el cuidado del medio ambiente o mejorar el acceso a (inserte un derecho). En ese sentido, sostienen (con este gesto) que los problemas sociales pueden resolverse por fuera de la política o la organización colectiva a través de donaciones verticalistas, eventos caritativos, trabajo en equipo, fuerza de voluntad, etc. Una actitud que, sin dudas, beneficia a los poderes conservadores que buscan sostener su hegemonía a través de estos discursos. Máxima y Gustavo Adolfo de Holanda. El perfil “filatrópico” de la realeza, que recuerda a la Sociedad de Beneficencia que tanto cuestionó Eva Perón, es crucial para que ellos puedan construir una imagen de cierto “compromiso social”.  Estos patronatos frecuentemente están solventados con fastuosos banquetes a los que asiste el pináculo de la alcurnia local.  El exclusivo y lujoso Baile de la Rosa que los Grimaldi celebran todos los años en Mónaco para abastecer a la Fundación Princesa Grace, o los partidos de polo benéficos que organiza el príncipe Harry con Nacho Figueras para su ONG de “ayuda” al África, Sentebale, son solo algunos ejemplos. Pero, sobre todo, los royals son la imagen momificada de una “familia tipo” ideal (¿ideal para quién?), rodeada de un aura cuasi sagrada: blanca, heterosexual y con hijos. En un contexto donde el colectivo LGBTIQ+, los feminismos y las personas racializadas luchan por ampliar derechos, cuestionar el estatus quo e instalar nuevas subjetividades, la cualidad normativa que proyectan los royals contrasta con este escenario de conquistas sociales por parte de estos grupos históricamente relegados. No es casual que en un mundo cada vez más polarizado, donde la derecha radical ocupa cada vez más poder político, estas voces retrógradas usen a las figuras de la realeza como un ejemplo de lo más digno, europeo, patriótico y venerable. Representan lo que el “sentido común” asume que “debe ser” un holandés, un sueco, un inglés, etc. Por ejemplo Santiago Abascal, del partido español VOX, es obviamente un monárquico empedernido. No sorprende a nadie que cuando Felipe, doña Letizia y sus hijas visitan una comunidad autónoma, como Galicia o, por supuesto, Cataluña, sean recibidos por manifestaciones masivas en contra de la monarquía.  La misma suerte corrieron Kate Middleton y el príncipe William este año en su gira por el Caribe, donde tuvieron que modificar su trayecto debido a las protestas en Jamaica contra el colonialismo inglés, que durante siglos fue un aliado estratégico del comercio de esclavos. O la casa real Holandesa, que tuvo que dejar de usar en 2020 su icónica Carroza Dorada, porque tenía símbolos racistas y coloniales que fueron duramente cuestionados.Las monarquías más cercanas a sus pueblos A lo largo del Sigo XX, vimos como las casas reales aumentaron su cercanía con “el vulgo” en vez de continuar cerrándose sobre sí mismas; sobre todo, lo hicieron como una estrategia de supervivencia. Isabel II fue pionera en este tipo de gestos, donde abrió el Palacio de Buckingham a los visitantes de a pie y participó de un icónico documental que mostraba el lado más “humano” de los Windsor. Además uso la televisión, cuando este medio daba sus primeros pasos, para popularizar su imagen. Sin embargo fue su nuera, Lady Di, la que hizo de esta práctica su sello registrado, convirtiéndose en la “princesa del pueblo” y en el hada espiritual de la ternura dentro de esta casta de personajes avocados a las carreras de caballo y el polo. Hoy en día, las coronas tienen sus perfiles en Instagram y Twitter, extremadamente curados y cuidados hasta en el más ínfimo detalle. El IG de los príncipes de Gales es un álbum constante de ellos sonriendo en distintos lugares: haciendo trekkings, navegando, en eventos deportivos, con niños Scouts, en centros de salud mental, etc. Los únicos que tienen prohibido el uso de redes son los adolescentes: Alexia de Holanda se atrevió a abrir su propia cuenta en IG e, inmediatamente, fue catalogada como la hija díscola de Guillermo y Máxima. Magarita de Dinamarca. A su vez, durante ese siglo y el XXI, la “sangre real”, su l comenzó a disolverse a medida que estas familias se emparentaron con “plebeyos”: desde Carlos Felipe de Suecia, que está casado con Sofía Hellqvist, una ex estrella de reality shows, hasta el príncipe Rainiero, que fue esposo de la icónica Grace Kelly. Su hijo, Alberto de Mónaco, está casado con la ex nadadora olímpica, Charlene Wittstock, que constantemente tiene que desmentir que su matrimonio está al borde del divorcio porque apenas se muestran juntos. Marta Luisa de Noruega está en pareja con un chamán estadounidense, lo que despertó bastantes resistencias, sobre todo porque es negro. El futuro rey de Suecia era el ex entrenador deportivo de la princesa Victoria. Máxima de Holanda era financista y doña Letizia reportera antes de ser reinas. Las princesas de York están casadas con empresarios. Magdalena de Suecia vive en Miami su esposo, el ejecutivo Christopher O’Neill. Y Eduardo VIII hizo lo suyo cuando abdicó en favor de su hermano, el padre de Isabel II, para mantener su romance con la estrella de cine Wallis Simpson. Todos estos movimientos le dieron a la realeza mayor apertura y un toque del glamour hollywoodense de las celebrities, como pasó con el caso paradigmático del príncipe Harry y Meghan Markle, que ahora viven en Los Ángeles. Desde su mansión en Calabasas, le serruchan el piso a los Windsor con entrevistas controversiales donde alegan que su hijo Archie fue el blanco de agresiones racistas dentro del palacio. Estos episodios disruptivos, donde la máscara de perfección de los royals empieza a desmoronarse, es lo que más fascinación genera, sobre todo en los medios. Desde el cimbronazo del divorcio del príncipe Carlos y Lady Di, hasta el príncipe Harry disfrazado de oficial de la SS borracho en Las Vegas; Juan Carlos de Borbón acusado de actos de corrupción, Andrés de Windsor teniendo que declarar que no se acostó con menores, Meghan Markle no invitando a su padre a su boda y librando una batalla legal con los tabloides o hasta el príncipe William, siempre perseguido por los rumores de que está engañando a la intachable Kate con su amor de la juventud. Sin dudas, una de las cualidades más sobresalientes de Isabel II fue tener la cintura para mover los hilos suficientes para que la familia siga unida y trascender esos escándalos.En busca de la austeridad A su vez dos cosas más comparten, en la actualidad, estas coronas. En primer lugar, la atención comenzó a concentrarse solamente en un núcleo cerrado de pocos miembros. Esto hace que el control de daños sea más fácil de gestionar y, a su vez, es una respuesta a un reclamo popular sobre la fastuosidad gastada en estas inmensas familias a costa de las arcas populares. Actualmente, quienes ocupan estos roles protagonistas de deberes oficiales son los reyes y los príncipes herederos, como en el caso de Holanda y Dinamarca. Este año, la reina Margarita despojó a sus nietos, los hijos del príncipe Joaquín, de sus títulos de príncipes. O como ocurrió en España, donde los episodios de corrupción que implicaron a Juan Carlos de Borbón, su hija y su nuero hicieron que tengan que correrse de la escena y relegar su lugar en la realeza. En Inglaterra ocurrió un caso similar: los hijos de Isabel II que no son el príncipe Carlos comenzaron a ocupar cada vez lugares más secundarios, sobre todo cuando Andrew fue demandado por haber participado de una red de prostitución infantil. Él ni siquiera asistió al jubileo de la reina. Por otro lado, ¿alguien sabe en qué anda Eduardo de Wessex? Felipe VI de España junto a su familia. Paralelamente, durante la pandemia, vimos como las casas reales empezar a tener cada vez más intenciones de “ajustarse el cinturón”, como respuesta a un reclamo preexistente en un contexto de crisis económica. En vez de usar vestidos de alta costura, las royals se decantaron por looks de marcas “accesibles” o, como les gusta decir a los medios monárquicos, “reciclaron outfits”. (Reciclar=usar dos veces en diez años la misma prenda). Los príncipes de Gales eran aplaudidos cada vez que viajaban en aviones de línea, como cualquier mortal. También usaron sus redes para difundir un mensaje de calma en medio de la incertidumbre y se sacaron fotos preparando viandas en comedores populares. Para sostener esta ilusión de “austeridad”, incluso, dejaron de usar sus diademas de diamantes durante un tiempo. Obviamente, esto duró muy poco. Por otro lado, de cara al futuro, la mayoría de herederas son mujeres: en España, Suecia, Holanda, Noruega y Bélgica el trono estará en manos de quienes ahora son princesas. Leonor de España preside hace cuatro años los premios Princesa de Asturias y su imagen de perfección parece más un holograma programado por Inteligencia Artificial que el de una adolescente. Sin embargo, algunas estructuras empiezan a romperse. La princesa Amalia de Holanda, que tuvo que mudarse por las amenazas que recibía de grupos mafiosos, dijo que ella sería reina aunque decida casarse con una mujer. Ya vimos con el caso de figuras como Meloni que el hecho de que una mujer ocupe un cargo de poder no es sinónimo de ampliación de derechos ni justicia social. Y, ciertamente, la realeza nunca estuvo interesada en perseguir estos objetivos, sino en mantener un status quo que, a la postre, solo sirve para sostener poderes hegemónicos. ¿Podrán estas chicas, que se criaron al calor del #MeToo, poder construir su legitimidad a partir de discursos más progresivos? ¿O las coronas caerán antes de que podamos verlo? Alberto de Mónaco recibió al presidente chino Jinping.